domingo, 21 de octubre de 2012

Edipo Gay (una historia real)


Dedico este texto a todas las madres, en su día.


A la edad de 4 años, Felix, mi único hijo, atravesó por esa etapa típica, que, resumiendo, consistía en manifestar unas ganas locas de casarse conmigo.
Me perseguía por la casa (en la que, por cierto, vivíamos los dos solos), se colgaba de los ruedos de mi ropa y me abrazaba fuerte al grito de "quiero cazarme con voz".
Yo entendía, pero le restaba importancia al asunto. Le devolvía algún besito y le soltaba un confuso "no puedo, mi amor".
Un día, mientras yo preparaba la cena, Felix entró a la cocina cargado de angustia. Respiraba agitado, y entre lágrimas, repetía con la vocecita rota su consigna desesperada "¡QUIERO CAZARME CON VOS, MAMAAAAAAAAAÁ!".
Entendí que la cosa había ido un poco lejos, que mi hijo estaba sufriendo de verdad. Pensé en mi psicóloga y en los libros que le saqué de la biblioteca una que otra vez mientras esperaba mi turno, recordé que dicen que en una casa donde no hay un hombre que ponga los límites es probable que el niño varón quede confundido, sin entender nunca que esa mujer, su madre, es la única que no puede ser su mujer, porque es su madre. Me pareció un poco absurdo explicárselo de esa forma a un nene de 4 años, así que me senté en el suelo, frente a él, y me decidí a adaptarle el cuentito.
"Mi amor", le dije, empezando de la peor manera.. "yo soy tu mamá y no me puedo casar con vos. Cuando vos crezcas un poquito, vas a conocer alguna chica que te guste. Vos también le vas a gustar a ella y de a poco van a descubrir que les gusta hacer cosas juntos que no quieren hacer con nadie más. Entonces se van a enamorar uno del otro y, si quieren, se van a casar".
"Muy bien", me dije a mí misma para adentro, conforme con mi explicación improvisada.
Pero resulta que justo en esa época estábamos luchando por el matrimonio igualitario, y yo iba a las marchas, y leía textos míos en algunos actos, y casi siempre llevaba a Felix, justamente, para validar la idea de que uno no tiene la bola de cristal, no puede saber qué van a ser los hijos cuando crezcan, y nuestro deber como padres es garantizar que todos sus derechos sean respetados, quieran o no usarlos en un futuro. Me dí cuenta de lo contradictoria que resultaba mi historia de la chica y el chico enamorados como único camino para liberarse del tan temido complejo de Edipo. ¿Y si decide otra cosa? ¿Y si después me echa en cara que una vez lo senté en el piso de la cocina y coarté su libertad para siempre? No. No debo limitarlo. "Bueno... Si querés podés elegir a un chico para casarte, eh?", le solté, completando mi discurso. "Ahhhhhhhhh!", me contestó, como sacándose un peso de encima: "¡Entonces yo me quiero casar con mi papá!".
Y así fue como, sentada en el piso de la cocina, entendí que ese chico nunca iba a ser mío. Porque es libre (como todos los demás).

1 comentario:

  1. Anónimo21.10.12

    Pero ¡¡qué lindo!! hace un tiempo, una profesora de literatura me dijo algo que todavía resuena en mi cabeza "Los padres son de los hijos, y los hijos son del mundo". Feliz día Antonella.
    Besos, María.

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