lunes, 29 de octubre de 2012

La cabeza


(dedicado a Alberto Moccia)


Esos días en los que uno corre carreras contra el tiempo, pero se siente actuando en cámara lenta. 
Saber que cada minuto tiene un valor diferente, triplicado, que queremos capturarlo todo con las redes de la memoria, y los segundos estallan como diminutos peces plateados que saltan para salvarse de la inmortalidad.
Pasaron algunos años y son pocos los momentos que conservo intactos de esa etapa. 
No recuerdo cómo supe de su enfermedad, sé que fue un proceso bastante largo hasta que la descubrieron. 
Para mí todo empezó una tarde en que se dio una ducha en mi casa, y salió con el pelo muy enredado, pidiéndome que me fijara. 
La senté en el baño y, atragantada, separé los mechones despegados de la cabeza y los escondí detrás del bidet.
"No puedo verme así. Me voy a rapar. Y usaré pañuelos o una peluca", dijo mamá.
Alberto me peinó y me cortó el pelo siempre, desde que debuté actuando en cine a los 18 años.
En ese momento yo no conocía a otros peinadores, y aunque lo vi hacer algunas maravillas en el set de filmación, no tomé conciencia hasta un tiempo después.
Con los años entendí que a una actriz no puede pasarle algo mejor en la cabeza que las manos de Alberto, y me fui entregando a los cortes, las continuidades, los cambios radicales, la caracterización, con una fe implacable en su criterio y talento. Pero incluso después de todo eso, no había percibido el inmenso valor de su arte, aún.
Esa misma noche lo llamé para pedirle un favor. Quería llevarle a mamá, y que él le recomendara qué peluca usar, y cómo ponérsela. 
Necesitaba garantizarle a mamá que ese no sería un momento terrible sino un simple cambio de look. "Por favor." 
"Que no toque nada, vengan mañana a las 3 de la tarde"
Alberto la sentó en el sillón que conozco a la perfección y veo periódicamente, pero que por algún motivo hoy recuerdo como un trono negro gigantesco. Ya tenía algo preparado. Dio vuelta el sillón y la dejó de espaldas al espejo y, mientras conversaban, en menos de 2 minutos la rapó a cero.
Tomó con un gesto diestro una peluca de pelo natural castaño oscuro y se la colocó a mamá sobre la desnudez más extrema que yo hubiera visto jamás en ella. Conocía todo de mamá, y hasta hoy sueño con todos esos detalles. Pero no conocía su cabeza pelada. Fue un instante. 
Después ya tenía puesta la peluca, y se veía, no exagero, más linda que nunca.
Alberto dio vuelta el sillón, ella se vio y sonrió, deslumbrada.
Conversamos los tres un rato sobre lo linda que estaba, y cómo tenía que cuidar la peluca.
Después le pregunté a Alberto cómo había hecho para preparar la peluca perfecta si no conocía a mi madre, ni ella se me parecía en nada.
"Una vez te visitó en le set de Garage Olimpo", contestó. La había visto 3 minutos y habían pasado ocho años.
Salimos y recuerdo la sonrisa de mamá en el taxi, mirándose de reojo por el espejo retrovisor, alegre por primera vez en muchos días.
Mamá se iba a morir, en algún lugar de mí ya lo sabía, y empezaba a levantarse una tormenta de arena entre las dos. Ella allá, y yo acá. Y ese velo inevitable que nos iba separando.
Yo tiraba una y otra vez mis redes desesperadas para capturar pececitos, instantes, detalles, cositas que quería guardar en la memoria. Y no es fácil encontrar aliados en una tarea como esa.
Le debo a Alberto más que un favor, y mucho más que un recuerdo. Le debo una certeza: mi mamá era hermosa, y él hizo que nos detuviéramos a mirarla como se merecía.

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